Josep Marín, el exmarchador de acero

Josep Marín, en Badalona, a su llegada del Ironman de Hawái.

Josep Marín, en Badalona, a su llegada del Ironman de Hawái. / JORDI COTRINA

Es el rey de la resistencia. Ya lo era cuando marchaba sobre 20 y 50 kilómetros en los años 80 y 90, décadas en que fue campeón de Europa, subcampeón del mundo, plusmarquista mundial y participó en cuatro Juegos Olímpicos, siempre entre los nueve primeros (rozó el bronce en Seúl-88 en la distancia más corta).

En su menudo cuerpo de 1,64 metros esconde Josep Marín una base genética que él mismo desconocía. “Si no, no se entiende que a los 67 años vuelva a competir, después de mucho tiempo sin hacer nada, con un nivel bastante bueno”. Está hablando de triatlón; o más concretamente, de Ironman, la modalidad más exigente de la prueba multidisciplinar, a la que se ha entregado en cuerpo y alma tras la jubilación. Marín acaba de regresar de la isla de Kona, la mayor de Hawái, donde ha participado por primera vez en el Ironman más famoso del mundo, tras clasificarse en octubre del 2016 al ser el mejor en Calella en su categoría, de 65 a 70 años.

¿Pero cómo comenzó esa locura en un hombre que apenas sabía nadar, que había ido poco en bicicleta y que no corría desde que era júnior? “Todo comenzó tras la muerte de Pepi, mi mujer, hace poco más de tres años, y después de 15 meses de lo peor por el cáncer de páncreas que sufría. Estaba solo y jubilado, y comencé a llenar el tiempo con una bicicleta de montaña, pero siempre en llano, no me atrevía con las subidas”. El hijo de Josep, Marc, ya practicaba triatlón, y le animó a unirse a su club en las salidas (“No tenía problemas físicos, pero sí de habilidad con la bicicleta”) y, poco después, a tirarse a la piscina.

Más de 12 horas

Aquello fue peor. “Apenas flotaba, vi que era imposible superar los límite de tiempo, no me dejarían acabar ni un triatlón”, recuerda el exmarchador de sus primeras brazadas. “Pero un día mi hijo me dejó probar el traje de neopreno y la cosa cambio. Ya parecía un nadador. Flotaba y solo era cuestión de mover los brazos”.

JORDI COTRINA

Los acontecimientos se precipitaron. Hace dos años, su hijo se lesionó antes de participar en el medio Ironman de Peñíscola y él se atrevió a ocupar su puesto. “En la primera boya vi que tenía gente detrás, ya estaba contentísimo. Me fue muy bien”. Y de ahí, al Ironman de Calella y, esta semana, a debutar en Hawái, donde el año pasado acompañó a su hijo y el que viene quiere coincidir por primera vez con él como participantes, ya que en este 2017 Marc no logró clasificarse. Solo hay 2.500 plazas disponibles, y 44 pruebas en todo el mundo  para obtener un dorsal, tres de ellas en España: Mallorca, Calella y Lanzarote. Esta última, la próxima primavera, es la elegida por Josep Marín para obtener de nuevo el pasaporte y repetir la experiencia que acaba de vivir: 15 días en la isla del Pacífico respirando Ironman a todas horas.

De ahí acaba de regresar con un collar vegetal en el cuello y un cuenco, símbolo de la hospitalidad, que se entrega a los cinco primeros de cada categoría. Marín fue quinto en la suya, con un tiempo de 12 horas, 15 minutos y 23 segundos, una hora y media más de lo que empleó en Calella (10.40.49). “Sin neopreno –el agua está muy caliente ahí– perdí más de 20 minutos. Estuve casi una hora y 40 minutos nadando, y el ganador de mi categoría me sacó 32 minutos. Mentalmente se hace muy largo, pero más que cansado salgo con ansiedad y estrés, sobre todo en Hawái en que la salida es en masa”, explica Marín de su experiencia hawaiana.

Bailes de salón

Luego, el rey de la resistencia estuvo más de seis horas sobre la bicicleta y 4.15 para completar el maratón final. “La bicicleta ya es otra historia. Ahora lo tenemos muy controlado. Hasta el año pasado llevaba las pulsaciones (115 o 120 por minuto) y la cadencia de pedaladas (95), pero ahora se controla la potencia: suelo ir a 170-180 vatios. Cuando llevas 30 kilómetros ya tienes ganas de acabar y ponerte a correr, porque estás incómodo en la bicicleta”. Correr también fue un problema al principio para el exmarchador. “Tuve tendinitis en el talón de Aquiles, problemas en los gemelos… Me perdí varias pruebas y necesité incluso rehabilitación, pero ahora voy mejor. En Calella bajé de las cuatro horas”, explica Marín, que en Hawái acusó el calor (31 grados), la tremenda humedad y el fuerte viento que suele azotar el tramo ciclista.

No añora su época de supercampeón. “No tiene nada que ver. La marcha me gustaba, pero se convirtió en mi modo de vida: si no sacaba beca, no podía seguir entrenando con la total dedicación que necesitaba. Al final, dependías de los resultados. Aquí no, porque me lo pago todo yo”, explica Marín, un fan de la actividad física: “Lo que me gusta es entrenar. Compito porque me entreno, no al revés”.

Antes del Ironman, Josep y su añorada Pepi también triunfaron… en bailes de salón. Fueron de los mejores de Catalunya en vals, tango, slow fox y quickstep. Y no habían bailado nunca, ni en la disco.

Fuente: El Periódico